Crónica de un descenso al corazón industrial de la acuicultura en la bahía de Calp
Hay pueblos que se leen por su fachada y pueblos que hay que caminarlos hasta el final del dique para entenderlos. Calp es de los segundos. Desde la carretera es el Peñón, sus playas, el reclamo turístico que ha alimentado a media Europa del norte durante sesenta veranos. Pero el pueblo real empieza donde termina el paseo marítimo, en ese punto exacto donde el puerto se bifurca en dos brazos que dan la espalda el uno al otro. Un reportero independiente llegó la semana pasada dispuesto a rodar un documental sobre esa bifurcación. Nosotros solo tuvimos que acompañarlo y, como en todo descenso, dejar que el propio recorrido hiciera las preguntas.

I. La cadena invisible empieza en el hambre de otros
El primer muelle no se deja ver. Hay que pedir permiso, y el permiso no llega. Tras una cadena y un cartel, el espacio que ocupa Avramar —la multinacional que gestiona la piscifactoría de la Punta de Toix a través de su filial Niordseas S.L.— se despliega en fardos de pienso apilados como si fueran sacos terreros de una guerra que no se libra aquí, sino a miles de kilómetros: en las costas de África occidental, donde flotas industriales capturan peces pequeños —los mismos que deberían alimentar a comunidades enteras— para triturarlos en harina y aceite que después cruza el Mediterráneo convertido en pienso de engorde. Es una cadena que empieza en el hambre de otros y termina en una bandeja de supermercado a precio de saldo.
Detrás de los fardos, maquinaria pesada inmóvil, tres barcos de gran calado con grúa, contenedores de plástico para la cosecha del producto — ¿se puede llamar pescado a lo que sale de ahí?; el hacinamiento y la escala industrial lo han convertido en otra cosa, en un producto—. Quienes trabajan en el entorno del puerto cuentan, en voz baja y sin poder acreditarlo documentalmente, historias inquietantes: ejemplares que pierden su aspecto reconocible por el hacinamiento, variedades seleccionadas para resistir mejor el calor porque un pez que huye hacia aguas profundas cuando sube la temperatura —como haría cualquier pez en su medio natural— es un pez que escapa al perímetro de cosecha. Son relatos de puerto, transmitidos de boca en boca, que ninguna documentación del proyecto confirma ni desmiente; los dejamos aquí como lo que son, rumor y sospecha, la textura emocional de un lugar que no se explica a sí mismo y que por eso mismo genera esas historias. Lo que sí es un hecho documentado, y grave, es otra cosa: la propia empresa reconoció en su informe de certificación ambiental (ASC) la fuga de más de 40.000 ejemplares en un solo año, animales que se suman al ecosistema sin que nadie sepa calcular del todo su efecto sobre la fauna autóctona.
El recinto está desolado. Cámaras, silencio, un solo operario. Nos pide, en un español precario, que nos vayamos. El paso está prohibido. No hay visitas guiadas, no hay cartel explicativo, no hay nada que uno pueda fotografiar con orgullo. Es una industria que ocupa el paisaje pero no quiere ser vista dentro de él.

II. La cantina de las ausencias
Al día siguiente cambiamos de escala. El puerto pequeño tiene su propia fisiología: restaurantes, astilleros, puerto deportivo, una cantina donde a media mañana coinciden los mismos rostros para el café. Se conocen todos. Se ayudan. Es, nos dicen, una comunidad. Y cuando se pregunta por la piscifactoría, la respuesta se repite casi con las mismas palabras en cada mesa: aquí no se les ha visto nunca.
No es hostilidad, es constatación. La empresa prometió, en el proceso de negociación de 2017-2018 —cuando incluso la propia Cofradía de Pescadores firmó un acuerdo de colaboración y el proyecto contó con apoyo transversal en el pleno municipal—, empleo local e implicación en la vida del puerto. Hoy, con una instalación que ocupa 550.000 metros cuadrados de dominio público marítimo-terrestre y una capacidad autorizada de 3.000 toneladas anuales, la mano de obra que se ve es mínima: muy automatizada, gestionada por pocas personas, ajena a los ritmos y a la cultura del puerto que la rodea. Un cuerpo extraño que ocupa espacio sin ocupar comunidad.

III. El muelle vivo vs. muelle fantasma
El contraste llega al día siguiente, cuando cruzamos al dique donde opera la Cofradía de Pescadores, que en 2024 cumplió cien años. Aquí no hay verja. Hay lonja, cantina, fábrica de hielo, almacenes de aparejos, una gasolinera para barcos y coches, y ese trasiego constante entre barca y barca que solo produce el trabajo de verdad. Pescadores jubilados que echan la caña a la sombra escasa de las instalaciones. Es domingo, pero hay vida: turistas que pasean, barcas modernas que aún conservan la silueta tradicional del bou, la escultura de la Virgen del Carmen —patrona marinera— presidiendo un oficio que es, a la vez, economía y legado inmaterial.
Trece embarcaciones sostienen hoy la flota calpina, una escala de proximidad que nada tiene que ver con la industria de enfrente. Y sin embargo es este muelle —el pequeño, el artesanal, el que apenas mueve unas toneladas al año frente a las tres mil autorizadas al otro lado de la bahía— el que atrae al viajero desde hace décadas. No por nostalgia: porque ahí hay una historia legible, un rostro humano, una relación con el mar que se puede mirar sin necesidad de cadenas ni carteles de prohibido el paso.
IV. Las balizas
El tercer día salimos a mar abierto para inspeccionar el perímetro de las jaulas. El agua está limpia. En todo el trayecto solo encontramos un resto de plástico, que recogemos con la patrona de la embarcación. El fondo no se ve —hay treinta o cuarenta metros de profundidad— pero se intuye vida abundante alrededor. A simple vista, todo parece en orden.
Lo único que rompe esa normalidad es el cerco de balizas que marca el límite de exclusión. Varios vecinos del puerto —marineros y patrones habituales de la zona— coinciden en haber percibido interferencias en sus propios dispositivos justo al entrar en ese perímetro, sin que exista ninguna confirmación técnica sobre su origen o su naturaleza exacta; no podemos afirmar de qué se trata, y lo dejamos aquí como percepción reiterada de quienes navegan la zona a diario, no como hecho verificado. Es, en cualquier caso, un detalle menor que basta para recordar que ahí dentro opera una lógica distinta a la del resto de la bahía: la de un espacio que se protege de las miradas más que de los riesgos reales.
La tripulación insiste en un argumento que se repite a lo largo de toda la travesía: la bahía de Calp, protegida y dependiente del turismo como pocas, es un lugar de riesgo demasiado alto para una actividad industrial de este calibre. Y recuerdan algo que conviene no olvidar: detrás de estas instalaciones suelen estar fondos de inversión —en este caso, el principal accionista es la gestora estadounidense Amerra Capital Management— que buscan retorno rápido, no necesariamente arraigo ni responsabilidad a largo plazo sobre el territorio que ocupan.
Aquí es donde el propio proyecto se contradice a sí mismo con más elocuencia. En 2022, Avramar comunicó públicamente que la dispersión de vertidos no superaba los 275 metros de diámetro desde el centro de cada jaula: una cifra tranquilizadora, casi doméstica. Pero el informe técnico de seguimiento ambiental de 2024 —el Plan de Vigilancia Ambiental, encargado y pagado por la propia empresa al Instituto de Ecología Litoral— calcula, en el peor escenario de producción, un área total de afección de 1.926.118 metros cuadrados: casi 193 hectáreas, con sedimentación detectable hasta 689 metros según la corriente. Convertida esa superficie en un radio equivalente, resulta un círculo de unos 783 metros: seis veces más que aquellos 275 metros que tranquilizaron a la opinión pública hace cuatro años. No son cifras estrictamente comparables —una mide una jaula, la otra toda la instalación en su peor momento— pero la distancia entre el discurso y el propio informe técnico de la empresa habla por sí sola.

V. La mesa que compartimos
Por la tarde compartimos mesa con gente del mar. La charla es distendida, pero el fondo es de derrota anunciada. Para el marinero de a pie todo son impedimentos hoy: una actividad hiperregulada, sin relevo generacional, amenazada por la automatización. Bromean, con esa ironía que solo cabe cuando el dolor ya se ha asumido, con que un día no muy lejano celebrarán la fiesta patronal máquinas sin alma en un puerto sin alma.
El contraste institucional agrava la herida. En la fábrica de hielo nos topamos con una inspección ministerial que mide con precisión milimétrica las redes de pesca y sube a las barcas de forma aleatoria. Al otro lado del puerto, según relatan varios pescadores, la actividad industrial goza de ventajas administrativas que ellos no tienen —trámites más rápidos, mayor facilidad para obtener las habilitaciones necesarias para faenar los barcos que transportan el pienso hasta las jaulas y, por supuesto, generosidad en la asignación de fondos europeos —; no hablan de irregularidad alguna, sino de una sensación compartida de asimetría regulatoria entre una pesca artesanal hiperregulada y una industria a la que perciben más acompañada por la administración. La sensación, compartida por más de un marinero, es la de una pesca artesanal a la que «acabarán echando del puerto» mientras la acuicultura industrial recibe facilidades administrativas y millones en ayudas.
El dato que sostiene esa sensación de asimetría no es una impresión: en 2022, en plena movilización social, Ecologistas en Acción denunció que hasta un 17,4% del pienso suministrado sería medicamentoso, con presencia de antibióticos. El propio informe de seguimiento de 2024, elaborado para la empresa, reconoce que de las 4.764,91 toneladas de pienso suministradas ese año, 23 toneladas fueron medicamentosas —368 kilos de sustancia activa—, es decir, un 0,48%. Entre una cifra y otra hay una diferencia de más de 36 veces. Puede que los años no sean comparables, puede que «medicamentoso» no sea sinónimo exacto de «antibiótico». Pero la magnitud del desfase es demasiado grande para archivarlo sin preguntas.

VI. Los papeles
De vuelta en la oficina, revisamos la documentación disponible sin encontrar la tranquilidad que se busca en los datos. El área de influencia real vuelve a discutirse —de los 200 metros que se comunicaron en su día a cifras que, según el propio informe técnico, alcanzan el kilómetro y medio de diámetro—. Se desconoce con precisión qué ocurre bajo las jaulas y hasta dónde se extiende: el riesgo para la posidonia oceánica, el fondo eutrofizado, la posible proliferación de parásitos que se alimentan de los restos de pienso y heces acumulados. Un efecto mariposa que puede alterar la cadena trófica de toda la bahía, atrayendo depredadores y modificando equilibrios que tardaron siglos en formarse. El propio informe de 2024 contrasta, eso sí, con datos públicos del programa POSIMED que no detectan por ahora deterioro achacable a la instalación —un dato que conviene citar con la misma honestidad con la que se citan los que inquietan, porque ni todo es catástrofe confirmada ni todo es tranquilidad garantizada—.
Ni siquiera el número de jaulas ha sido, a lo largo de estos años, un dato pacífico. Contamos las nuestras durante la visita: 35 jaulas operativas hoy en el agua. A eso se suma un dato que sí está fijado por escrito: el proyecto de ampliación cuenta ya con Declaración de Impacto Ambiental (DIA) favorable y contempla elevar la instalación hasta un total de 45 jaulas. El propio informe ambiental de la empresa, mientras tanto, no zanja nada de esto: solo habla de «el entramado de jaulas» en su conjunto, sin precisar cuántas hay ni cuántas habrá. Es, quizá, el símbolo más preciso de todo el conflicto: una instalación cuyo tamaño exacto —el de hoy y el que tendrá mañana— depende de a quién se le pregunte.
A esa falta de precisión numérica se añade otra, más de fondo: la ausencia de información periódica y pública sobre el propio ciclo productivo. Los informes que hemos podido consultar —el comunicado de 2022, el Plan de Vigilancia Ambiental de 2024— son fotografías puntuales, encargadas y publicadas cuando a la empresa le conviene. Ninguno permite saber, mes a mes, en qué fase del ciclo de engorde se encuentra la instalación en un momento dado: si los peces acaban de introducirse, si están en fase de tratamiento veterinario, si están próximos a la cosecha, o si las jaulas están directamente vacías a la espera de la siguiente remesa —ese valor cero que también importa, porque sin él no se puede leer ninguna otra cifra en su contexto—. No existe un histórico accesible a la opinión pública que permita distinguir las fluctuaciones normales del ciclo —ni las que impone la propia cría, ni las que impone la estacionalidad o las corrientes— de una anomalía real. Esa opacidad, más que cualquier cifra concreta, es la que impide construir algo parecido a la confianza: no se puede pedir a una comunidad que confíe en lo que ni siquiera puede consultar.
VII. El temporal que viene
Nos queda, al cerrar el viaje, un regusto amargo. Pescado barato que entra en las casas por su precio; pescado de calidad que abandona la mesa por asfixia económica. Un legado inmaterial —el de la Virgen del Carmen, las artes tradicionales, la memoria de un pueblo que nació pescador antes de ser turístico— que se sustituye, jaula a jaula, por maquinaria.
Los viejos lobos de mar recuerdan un patrón: cada cinco o diez años llega un temporal del sur a esta bahía; de cada dos o tres de ellos, uno es brutal. Algunos todavía recuerdan el último gran temporal, cuando aún no había jaulas instaladas frente a la costa. Nadie sabe qué ocurrirá cuando el próximo llegue con la instalación ya en pie, ni qué hará con una bahía que es, todavía, uno de los principales atractivos de esta tierra.
La advertencia queda ahí, suspendida sobre los dos muelles como una pregunta sin responder: hay que hacer algo, antes de que decida el mar.
Nota metodológica: los datos numéricos citados en esta crónica proceden de fuentes documentadas —el comunicado público de Avramar (2022), declaraciones de Ecologistas en Acción y el informe de certificación ASC de la propia compañía—, salvo el recuento de 35 jaulas operativas, que es una observación directa del equipo durante la visita de campo. Los testimonios de carácter oral no verificado documentalmente —modificación genética, pérdida de escamas, interferencias de señal percibidas por vecinos del puerto, ventajas administrativas percibidas frente a la pesca artesanal— se presentan explícitamente como tales: relato y percepción de puerto, no hecho acreditado.












