El delito de haber nacido gaviota en Calp
En los tejados de Calpe se libra estos días una guerra de baja intensidad que, bajo la mirada miope de las ordenanzas municipales, enfrenta a dos especies definidas por algunos como «parásitos» muy distintos. Por un lado, la Larus michahellis, esa gaviota patiamarilla que ha cometido el pecado de nacer ruidosa, oportunista y maleducada. Por el otro, el espécimen más invasivo de la costa mediterránea: el constructor de voluntad férrea y moral elástica, cuya capacidad de nidificación en primera línea de mar ha demostrado ser infinitamente más voraz que el hambre de cualquier ave carroñera.
Un colaborador de ACEC nos envia este escrito basado en hechos reales, un constructor ávido de comenzar a construir, un nido de gaviota con polluelos, se debate sobre plagas, ¿cual es la peor? La autóctona o la invasora. Si como sociedad no somos capaces de sentar límites legales a esta situación, tendremos un problema.
La noticia, despojada de su envoltorio burocrático, es de una ironía sangrante. Unos polluelos de gaviota han tenido la osadía de eclosionar en una casa vieja justo cuando las excavadoras calentaban motores. Las autoridades competentes, en un alarde de pragmatismo terminológico, han despachado el asunto calificando a las aves como una simple plaga. Es una etiqueta cómoda. Al llamar plaga a lo vivo, se le despoja de su derecho a la protección y se autoriza el exterminio silencioso en nombre del orden urbano. Sin embargo, nadie en la administración parece aplicar el mismo diccionario al hombre que, plano en mano, se dispone a triturar nidos y polluelos para levantar un nuevo tótem de hormigón.
Veinticinco días. Eso es todo lo que pide esta madre para que sus crías aprendan a volar. El constructor no puede esperar.
Resulta revelador observar cuál de las dos plagas es realmente más nociva para el ecosistema de la Marina Alta. La gaviota, en su versión más molesta, solo aspira a un par de semanas de tregua para que sus crías alcancen el vuelo; su rastro es de guano y graznido, una suciedad orgánica que el primer temporal de lluvia borrará sin esfuerzo. El constructor, en cambio, deja una cicatriz que no cicatriza. Su rastro es la impermeabilización definitiva del suelo, la muerte del horizonte y la sustitución de la biodiversidad por una estética de catálogo inmobiliario que consume recursos y escupe calor.

La impunidad histórica del gremio del ladrillo ha configurado un paisaje donde, historicamente, saltarse la ley ambiental no es un delito, sino un coste operativo más, a menudo más barato que el retraso de una grúa. Mientras a la gaviota se la persigue por defender su nido con un instinto ancestral, al constructor se le permite ignorar la ley estatal de patrimonio natural bajo la premisa de que el progreso no puede detenerse por unos pocos gramos de plumas.
Al final, este combate de plagas nos pone frente a un espejo incómodo. Si valoramos la sostenibilidad y el desarrollo futuro, deberíamos preguntarnos quién es el verdadero intruso. La gaviota habita el paisaje por necesidad biológica; el constructor codicioso lo explota por ambición financiera. La primera forma parte de la identidad de un pueblo que vive del mar; el segundo solo vive de vender los restos de ese mar al mejor postor. Quizás la verdadera plaga no sea la que ensucia el tejado, sino la que decide que su beneficio privado está por encima de la vida, de la ética y de la ley, sabiendo que, en esta costa, el cemento siempre ha tenido más defensores que la naturaleza.
Mientras tanto, en ese tejado de Calpe, una gaviota sigue mirando hacia el mar. No sabe que alguien ha firmado papeles para protegerla. No sabe que hay una ley que, por una vez, está de su lado. Solo sabe que sus crías todavía no vuelan. Y que el tiempo, esta vez, no sobra.













